Al crearte, Dios te equipó con un aparato emisor y receptor: la oración.
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lunes, 18 de julio de 2011

San Ignacio de Loyola

San Ignacio de Loyola


Durante la convalecencia forzosa por una herida de guerra, cayeron en manos de Ignacio, caballero de noble linaje, dos libros de sobre la vida de Cristo y las de los santos. Esto transformó radicalmente su vida. Estudió teología y se ordenó sacerdote, y con seis compañeros fundó en París la Compañía de Jesús. De las tres virtudes: pobreza, castidad y obediencia, esta última era, para él, la superior: Aquellos que sirvan a nuestra orden se distinguirán por la deposición de la voluntad y del juicio propios.

No sólo se trataba de cumplir los mandatos de los superiores, sino que cada miembro de la orden debía de hacer suya la voluntad del Señor, y además de la voluntad, debería sacrificar también el juicio, de modo que él piense lo mismo que el superior.

Ignacio poseía una capacidad extraordinaria para llorar, sobre todo mientras oraba, cosa que siempre iba unida a una gran dulzura. Él mismo cuenta: Sentía un placer tan intenso con las cosas divinas, unidas a lágrimas constantes, que me parecía como si mi Dios y mi Señor, cada vez que yo lo nombraba, llenara todo mi interior. Durante la misa yo lloraba tanto que temía perder la vista. Conversando con el Espíritu Santo yo lloraba y lo veía y sentía como claridad y llama.

A causa del abundantísimo correr de sus lágrimas ya no podía rezar el breviario; las lágrimas llegaron a ser incluso tan copiosas, que se recogieron en una vasija.

En recuerdo de este don existe hasta hoy la costumbre de bendecir agua en altares dedicados a su veneración. El agua de San Ignacio hace surtir efectos milagrosos. Por ejemplo, en Brujas, Bélgica, en 1839 cesó el cólera después de haberse aplicado el agua, y también existen muchos informes sobre sus efectos curativos en partos difíciles.

Oraciones

Glorioso Patriarca San Ignacio, humildemente te suplicamos nos obtengas de Dios principalmente el vernos libres del mayor de los males, que es el pecado, y de tantos azotes con que el Señor castiga las culpas de los pueblos.

Que tu ejemplo encienda en nuestro corazón el deseo eficaz de trabajar constantemente en dilatar la mayor gloria de Dios y procurar el bien de nuestros prójimos. Obtennos del amoroso Corazón de Jesús la gracia que corona a todas las demás, esto es, la de la perseverancia final y la eterna bienaventuranza. Así sea.


Glorioso San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y especial abogado y protector mío, ya que tan elevado estás en el cielo por haber hecho tus obras a mayor honra y gloria de Dios, combatiendo a los enemigos de su Iglesia, defendiendo nuestra fe, dilatándola por medio de tus hijos por todo e mundo, alcánzame de la divina piedad, por los méritos infinitos de Jesucristo y por la intercesión de su gloriosa Madre, entero perdón de mis culpas, auxilio eficaz para amar a Dios y servirle con todo empeño en adelante, firmeza y constancia en el camino de la virtud, y la dicha de morir en su amistad y gracia, para verlo, amarlo, gozarlo y glorificarlo en tu compañía por todos los siglos. Amén.


San Ignacio de Loyola tiene gran imperio contra los demonios, según lo dice la Iglesia en su oficio:

In Deamones Mirum Exercuit Imperium. Por esto es costumbre poner en las puertas de los aposentos, por la parte de adentro, la cédula a San Ignacio. El mismo demonio dijo una vez: No puedo entrar, sólo que quites la cédula puesta en tu puerta.

Yo suelo aconsejarlas en las misiones contra los asaltos e infectación del enemigo y Satanás. (Ven. P. Galatayud, S.J.).

En Roma y en Padua, echado de los cuerpos por virtud de San Ignacio, exclamó el demonio dando bramidos: No me menciones a San Ignacio, que es el mayor enemigo que tengo en el mundo. (P. Rivadeneria, Lib. A.C.V.).



Oración usada por San Ignacio de Loyola.

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Agua del costado de Cristo, purifícame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me aparte de ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.

Y mándame ir a ti para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.


Toma, Señor, recibe toda mi libertad, mi memoria, entendimiento y toda mi voluntad, todo mi deber y poder.

Tú me la diste; a ti, Señor, la torno, todo es tuyo; dispón de todo a tu voluntad. Dame tu amor y gracia, que esto me basta.

El Señor te dé su bendición y te defienda. Te manifieste su rostro y tenga misericordia de ti. Vuelva a ti sus ojos y te dé paz. El Señor omnipotente te bendiga. Así sea.

Señor, de verdad deseo prepararme bien para este momento, deseo profundamente que todo mi ser esté atento y dispuesto para Ti.

Ayúdame a clarificar mis intenciones. Tengo tantos deseos contradictorios…

Me preocupo por cosas que no importan ni son duraderas. Pero sé que si te entrego mi corazón haga o que haga seguiré a mi nuevo corazón.

En todo lo que hoy soy, en todo lo que intente hacer, en mis encuentros, reflexiones, incluso en las frustraciones y fallos y sobre todo en este rato de oración, en todo ello, haz que ponga mi vida en tus manos.

Señor, soy todo tuyo. Haz de mí lo que Tú quieras. Amén.

Detente, enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo.








martes, 18 de mayo de 2010

* Santa Cruz de Jerusalén *


18 de mayo de 2010.


* Santa Cruz de Jerusalén *

Esta oración fue encontrada sobre la sepultura de Jesucristo en 1509 y enviada por el Papa al emperador Carlos cuando partió con sus ejércitos a combatir a sus enemigos y este la envió a San Felix en Francia.

El que lea esta oración, la oiga leer o la lleve consigo, no se quemará ni se ahogará, ni podrá ser envenenado con ningún veneno, caer en manos de sus enemigos o ser vencido en las batallas.
Si una mujer se halla encinta y lee, oye leer o lleva consigo esta oración, saldrá pronto de su cuidado, será siempre tierna madre, y colocando la misma oración a la derecha de su criatura, cuando haya nacido, la preservará de 82 accidentes.

El que lleve esta oración consigo nunca sufrirá de epilepsia, y cuando se vea que una persona cae atacada por este mal, bastará colocar esta oración a su derecha para que se levante como si nada hubiera pasado.


El Señor ha dicho que se bendecirá al que escriba esta oración para sí o para otros.

El que se burle de ella o la desprecie recibirá el castigo del cielo. La casa que tenga esta oración se verá exenta de los peligros del rayo y del trueno, y el que la diga diariamente recibirá tres días antes de su muerte el aviso del cielo.

¡Oh, Santa Cruz!, madero hermoso en donde murió mi Señor, para darme eterna luz y librarme del contrario, ante ti me humillo y reverente imploro a mi Señor Jesucristo que por los padecimientos que sobre ti recibió en su santísima Pasión, me conceda los bienes espirituales y corporales que me convengan.

Elevada ante el mundo eres faro luminoso que congregas a tu alrededor a la cristiana grey para entonar cantos de gloria al Cristo Rey, al Dios Hombre, que siendo dueño de todo lo creado, permitió ser crucificado sobre ti para la redención del género humano.

Sobre ti se operó el asombroso misterio de la redención del mundo; desde entonces, libre el cristiano del pecado original, puede llamarse hijo de Dios Eterno y aspirar a la gloria celestial ¡Bendita seas! Por los siglos de los siglos fuiste entre los paganos signo de baldón y afrenta; y hoy eres emblema del cristiano y esperanza para ser perdonado por el sublime sacrificio de mi Señor Jesucristo, a quién esperamos servir y honrar por toda la eternidad. Amén.

Santa Cruz donde mi Jesús expiro para darnos luz, recibe mi reverencia, ¡oh, preciosa y Santa Cruz!

El camino que nos marques en el mundo seguiremos, que a la Cruz siempre abrazados con su signo venceremos. A tus plantas hoy me encuentro, mi Divino Redentor. ¡Ay!, que con santa paciencia cargue en el mundo mi cruz.

La Santa Cruz baje y extienda, y de todo mal y peligro la Santa Cruz nos defienda.

¡Oh, Dios omnipotente!, que sufriste en la cruz la muerte para redimirnos de nuestros pecados.

¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, sé mi verdadera luz.

¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, ten piedad de mi.

¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, sé mi esperanza.

¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, aleja de mí toda arma cortante.

¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, derrama en mi alma el bien.

¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, aleja de mí todo mal.

¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, hazme entrar en el camino de la salvación.

¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, aleja de mí todo temor a la muerte.

¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, presérvame de todos los accidentes temporales y corporales para que pueda adorarte siempre, así como a Jesús Nazareno, a quien imploro para que tenga piedad de mí. Haz que el espíritu maligno visible o invisible huya de mí por todos los siglos de los siglos. Amén.

Haz que el espíritu maligno huya de mí por todos los siglos de los siglos, en honor de la preciosa sangre de Jesucristo y de su penosa muerte; en honor de su resurrección y de su encarnación divina, por medio de la cual puede conducirnos a la vida eterna.

Que así como es cierto que Jesucristo nació en Navidad, que ha sido crucificado el Viernes Santo, que José, y Nicodemo bajaron a Jesucristo de la Cruz, y que subió al cielo, que así se digne liberarme de los ataques de mis enemigos, visibles e invisibles, desde hoy y por los siglos de los siglos. Amén.

Dios Todopoderoso, en tus manos entrego mi alma, Jesús, María, José, Ana y Joaquín.

Jesús mío, por la amargura que sufriste por mí en la Santa Cruz, principalmente cuando tu alma sagrada se separó de tu cuerpo, ten piedad de mi alma cuando se separe de este mundo.

¡Oh, Jesús!, concédeme el valor de soportar mi cruz a imitación tuya. Enséñame a llevar con paciencia todos mis sufrimientos y que mi temor a ellos se convierta en virtud. Que la omnipotencia del Padre se digne cubrirme con la sabiduría del Espíritu Santo. Dígnate recibirme y conducir mi alma a la vida eterna. Amén. Amén.


(Con Licencia Eclesiástica).

LN 04.

Catedral Metropolitana de la Ciudad de México